Jueves, 18 de Agosto de 2005 - Sant'Elena, imperatrice  

FLORECILLAS
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
Capítulo X
Capítulo XI
Capítulo XII
Capítulo XIII
Capítulo XIV
Capítulo XV
Capítulo XVI
Capítulo XVII
Capítulo XVIII
Capítulo XIX
Capítulo XX
Capítulo XXI
Capítulo XXII
Capítulo XXIII
Capítulo XXIV
Capítulo XXV
Capítulo XXVI
Capítulo XXVII
Capítulo XXVIII
Capítulo XXIX
Capítulo XXX
Capítulo XXXI
Capítulo XXXII
Capítulo XXXIII
Capítulo XXXIV
Capítulo XXXV
Capítulo XXXVI
Capítulo XXXVII
Capítulo XXXVIII
Capítulo XXXIX
Capítulo XL
Capítulo XLI
Capítulo XLII
Capítulo XLIII
Capítulo XLIV
Capítulo XLV
Capítulo XLVI
Capítulo XLVII
Capítulo XLVIII
Capítulo XLIX
Capítulo L
Capítulo LI
Capítulo LII
Capítulo LIII
Consideración I
Consideración II
Consideración III
Consideración IV
Consideración V
FLORECILLAS DE SAN FRANCISCO

FLORECILLAS DE SAN FRANCISCO

INTRODUCCIÓN

(por Lázaro Iriarte, o.f.m.cap).

E l libro de I Fioretti -en español, Florecillas- es una de las obras maestras de la literatura universal; traducido a todas las lenguas, sigue editándose sin cesar, sin que pierda actualidad el mensaje fresco e ingenuo de sus relatos.
Una tal perennidad no obedece, ciertamente, al perfume rancio de su antigüedad, que estaría reservado a muy pocos eruditos. Algo hay en sus páginas que sigue hablando; y habla de manera especial a los hombres de nuestra generación, que se resisten a una existencia impersonal que, prisionera de sus propias conquistas técnicas, añora ese clima de ingenuidad, donde los valores terrenos -el tener, el poder y el saber- se relativizan y vuelven a su sentido contingente, en función de lo único necesario y absoluto.
Es el clima de las Florecillas. En ellas campea esa nueva primavera traída al mundo por Francisco de Asís, en expresión de Tomás de Celano (1 Cel 89). La creación hermana no aparece instrumentalizada, manipulada por el hombre, sino amada en sí misma y respetada. Dama Pobreza, la gran liberadora, pone un guiño de ironía sobre los afanes terrenos y nos descubre los tesoros verdaderos en la fruición del que es el único Bien, todo el Bien. Y los hermanos, despreocupados, sencillos, impregnados de minoridad y de caridad evangélica, se mueven con espontaneidad, sufriendo y gozando en familia, llevando adelante la inefable aventura iniciada por el Poverello, y nos transmiten su propio pathos místico, a veces, real, a veces, fantaseado. Exactamente como esos frescos de los «primitivos» del Renacimiento, en que los personajes lloran y ríen, dialogan entre sí y con el espectador, afirman celosamente su individualidad; y, sin embargo, todos vibran a impulso de una misma fe: la del artista.
¿Quién escribió las «Florecillas»?
Testamento espiritual del primer siglo franciscano, las Florecillas, de sí, no tienen una firma. Fueron escritas por todos aquellos caballeros de dama Pobreza: el hermano Bernardo, el hermano Gil, el hermano Maseo, el hermano Rufino..., y por el maestro de todos: San Francisco. Los relatos, ya poéticos y bellos en su origen por el espíritu que les dio vida, se fueron transmitiendo de una generación a otra, de eremitorio en eremitorio, para alimentar aquellos «coloquios espirituales» en que el novicio imberbe escuchaba, boquiabierto, los recuerdos y las sentencias de los veteranos. Y, como era normal, al pasar de un narrador a otro fueron adornados y nuevamente poetizados según la fantasía del mismo, y también según su posición en la polémica de familia sobre las «intenciones» del Fundador.
Esos relatos servían, sobre todo, para mantener viva la llama de la contestación en el sector minoritario de los «celantes» o «espirituales» contra la «comunidad», a la que acusaban de haber traicionado el primitivo ideal; así se perpetuaba el recuerdo vivo de los tiempos heroicos.
El interés por salvar del olvido toda aquella riqueza de recuerdos y de tradiciones, máxime después de que el capítulo general de 1266 dio carácter oficial a la biografía de San Francisco escrita por San Buenaventura, ordenando la destrucción de todas las demás, dio origen a diversas compilaciones. Una de ellas, formada en pleno siglo XIV, es la que lleva por título Actus beati Francisci et sociorum eius. Tenía como finalidad, según se dice en el encabezamiento, recoger «algunos hechos notables relativos a San Francisco y sus compañeros, como también algunos de sus hechos admirables, que fueron pasados en silencio en las Leyendas del Santo, y que, no obstante, son muy útiles y piadosos».
La crítica histórica está hoy acorde en atribuir la paternidad de la compilación, al menos en su mayor parte, al hermano Hugolino de Santa María (hoy Montegiorgio), que murió hacia el año 1350. La fecha de composición de Actus viene fijada entre los años 1328 y 1343; el escenario geográfico y religioso en que brotó es el de la región de la Marca de Ancona, donde vivió el autor.
Sobre el texto latino del compilador, un anónimo toscano habría realizado la versión en lengua vulgar, omitiendo muchos capítulos, resumiendo otros y también añadiendo o completando de propia cosecha. Esta versión llevaba como título I Fioretti di San Francesco.
Las Florecillas propiamente dichas constan de 53 capítulos, cuarenta de los cuales relatan episodios de la vida de San Francisco, de sus compañeros y de Santa Clara, mientras que los 13 últimos están destinados a dar a conocer las virtudes y gracias extraordinarias de numerosos santos hermanos de la provincia franciscana de las Marcas.
En casi todos los manuscritos y en las ediciones modernas se añaden las cinco Consideraciones sobre las llagas, cuyo texto sólo ha llegado hasta nosotros en italiano, y cuyo autor pudo ser el mismo de la versión de los Actus.


INDICE

En el nombre de nuestro Señor Jesucristo crucificado
y de su madre la Virgen María.
Este libro contiene ciertas florecillas, milagros y ejemplos devotos del glorioso pobrecillo de Cristo messer San Francisco y de algunos de sus santos compañeros.
En alabanza de Cristo. Amén.

CAPÍTULO I.
Los doce primeros compañeros de San Francisco.

CAPITOLO II.
Cómo messer Bernardo, primer compañero de San Francisco, se convirtió a penitencia.

CAPÍTULO III.
Cómo San Francisco, queriendo hablar al hermano Bernardo, lo halló todo arrebatado en Dios.

CAPÍTULO IV.
Cómo un ángel propuso una cuestión al hermano Elías, y, respondiéndole éste con orgullo, fue a referírselo al hermano Bernardo.

CAPÍTULO V.
Cómo el hermano Bernardo fue a Bolonia y fundó allí un lugar.

CAPÍTULO VI.
Cómo San Francisco bendijo al hermano Bernardo antes de morir.

CAPÍTULO VII.
Cómo San Francisco pasó una cuaresma en una isla del lago de Perusa
con sólo medio panecillo.

CAPÍTULO VIII.
Cómo San Francisco enseñó al hermano León en qué consiste la alegría perfecta.

CAPÍTULO IX.
Cómo San Francisco y el hermano León rezaron maitines sin breviario.

CAPÍTULO X.
Cómo el hermano Maseo quiso poner a prueba la humildad de San Francisco.

CAPÍTULO XI .
Cómo San Francisco hizo dar vueltas al hermano Maseo para conocer el camino que debía seguir.

CAPÍTULO XII .
Cómo San Francisco quiso humillar al hermano Maseo.

CAPÍTULO XIII .
Cómo San Francisco y el hermano Maseo colocaron sobre una piedra, junto a una fuente, el pan que habían mendigado, y San Francisco rompió en loores a la pobreza.

CAPÍTULO XIV.
Cómo, mientras San Francisco hablaba de Dios con sus hermanos, apareció Cristo en medio de ellos.

CAPÍTULO XV.
Cómo Santa Clara comió en Santa María de los Ángeles con San Francisco y sus compañeros.

CAPÍTULO XVI .
Cómo quiso San Francisco conocer la voluntad de Dios, por medio de la oración de Santa Clara y del hermano Silvestre, sobre si debía andar predicando o dedicarse a la contemplación.

CAPÍTULO XVII.
Cómo un niño quiso saber lo que hacía San Francisco de noche.

CAPÍTULO XVIII.
Cómo San Francisco reunió un capítulo de cinco mil hermanos en Santa María de los Ángeles.

CAPÍTULO XIX.
Cómo fue revelado a San Francisco que su enfermedad era un don de Dios para merecer el gran tesoro.

CAPÍTULO XX.
Visión admirable de un joven novicio que estaba en trance de salir de la Orden.

CAPÍTULO XXI.
Cómo San Francisco amansó, por virtud divina, un lobo ferocísimo.

CAPÍTULO XXII.
Cómo San Francisco domesticó unas tórtolas silvestres.

CAPÍTULO XXIII.
Cómo San Francisco, estando en oración, vio al demonio entrar en un hermano.

CAPÍTULO XXIV.
Cómo San Francisco convirtió a la fe al sultán de Babilonia.

CAPÍTULO XXV.
Cómo San Francisco curó milagrosamente de alma y cuerpo a un leproso.

CAPÍTULO XXVI.
Cómo San Francisco convirtió a tres ladrones homicidas.

CAPÍTULO XXVII.
Cómo San Francisco convirtió en Bolonia a dos estudiantes.

CAPÍTULO XXVIII.
Cómo el hermano Bernardo tuvo un arrobamiento, en el que permaneció desde la madrugada hasta la hora de nona.

CAPÍTULO XXIX .
Cómo el demonio se apareció al hermano Rufino en figura de Cristo crucificado y le dijo que estaba condenado.

CAPÍTULO XXX .
La hermosa predicación que hicieron en Asís San Francisco y el hermano Rufino cuando predicaron sin hábito.

CAPÍTULO XXXI .
Cómo San Francisco conocía puntualmente los secretos de las conciencias de todos sus hermanos.

CAPÍTULO XXXII.
Cómo el hermano Maseo obtuvo de Cristo la gracia de la humildad.

CAPÍTULO XXXIII.
Cómo Santa Clara bendijo, por orden del papa, los panes, y en cada uno apareció la señal de la santa cruz.

CAPÍTULO XXXIV.
Cómo San Luis, rey de Francia, fue a visitar al hermano Gil en hábito de peregrino.

CAPÍTULO XXXV.
Cómo, estando gravemente enferma Santa Clara, fue transportada milagrosamente, en la noche de Navidad, a la iglesia de San Francisco.

CAPÍTULO XXXVI .
Una visión hermosa y admirable que tuvo el hermano León y cómo se la declaró San Francisco.

CAPÍTULO XXXVII.
Cómo San Francisco recibió en la Orden a un caballero cortés.

CAPÍTULO XXXVIII.
Cómo San Francisco conoció en espíritu que el hermano Elías estaba condenado y que moriría fuera de la Orden.

CAPÍTULO XXXIX.
Cómo San Antonio, predicando ante el papa y los cardenales, fue entendido por gentes de diversas lenguas.

CAPÍTULO XL.
Cómo San Antonio predicó a los peces, y por este milagro convirtió a los herejes.

CAPÍTULO XLI.
Cómo el hermano Simón, hombre de gran contemplación, libró de una gran tentación a un hermano que estaba para dejar la Orden.

CAPÍTULO XLII.
Algunos santos hermanos: Bentivoglia, Pedro de Monticello y Conrado de Offida. Y cómo el hermano Bentivoglia llevó a cuestas a un leproso quince millas en poquísimo tiempo.

CAPÍTULO XLIII.
Cómo el hermano Conrado amonestó a un hermano joven que servía de escándalo a sus hermanos y le hizo cambiar de conducta.

CAPÍTULO XLIV.
Dos hermanos que se amaban tanto, que, por caridad, se manifestaban el uno al otro las revelaciones que tenían.

CAPÍTULO XLV.
Cómo un hermano, por nombre Juan de la Penna, fue llamado por Dios a la Orden cuando aún era niño.

CAPÍTULO XLVI.
Cómo el hermano Pacífico, estando en oración, vio subir al cielo el alma de su hermano Humilde.

CAPÍTULO XLVII.
Un santo hermano a quien, cuando estaba para morir, se apareció la Virgen María con tres redomas de electuario y lo sanó.

CAPÍTULO XLVIII.
Cómo el hermano Jacobo de Massa vio, bajo la forma de un árbol, a todos los hermanos menores del mundo.

CAPÍTULO XLIX.
Cómo Cristo se apareció al hermano Juan de Alverna.

CAPÍTULO L.
Cómo, diciendo misa el hermano Juan de Alverna el día de Difuntos, vio que muchas almas eran liberadas del purgatorio.

CAPÍTULO LI.
El santo hermano Jacobo de Falerone y cómo se apareció al hermano Juan de Alverna después de muerto.

CAPÍTULO LII.
La visión del hermano Juan de Alverna, en que él conoció todo el orden de la santa Trinidad.

CAPÍTULO LIII.
Cómo, celebrando la misa, el hermano Juan de Alverna cayó como si estuviera muerto.

CONSIDERACIONES SOBRE LAS LLAGAS

En esta parte vamos a tratar con devota consideración sobre las gloriosas llagas de nuestro bienaventurado padre messer San Francisco que él recibió de Cristo en el santo monte Alverna. Y ya que dichas llagas fueron cinco, como fueron cinco las llagas de Cristo, este tratado contendrá cinco consideraciones.
La primera será sobre el modo como San Francisco llegó al monte Alverna.
La segunda será sobre la vida que llevó y la manera como se condujo, juntamente con sus compañeros, sobre dicho monte.
La tercera será sobre la aparición del serafín y la impresión de las llagas.
La cuarta será cómo San Francisco, después que recibió las llagas, bajó del monte Alverna y volvió a Santa María de los Ángeles.
La quinta será sobre algunas apariciones y revelaciones divinas, hechas después de la muerte de San Francisco a algunos santos hermanos y a otras personas devotas, sobre las gloriosas llagas.

Consideración I
Cómo messer Orlando de Chiusi donó el monte Alverna a San Francisco.

Consideración II
La permanencia de San Francisco con sus compañeros en el monte Alverna.

Consideración III
Aparición del serafín e impresión de las llagas a San Francisco.

Consideración IV
Cómo San Francisco, después de la impresión de las llagas, partió del Alverna y regresó a Santa María de los Ángeles.

Consideración V
Apariciones a santas personas relativas a las sagradas llagas.


Paolo Rossi
paolo.r@sanfrancescoassisi.org



 
 



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